lunes, 29 de marzo de 2010

El Gran Maestro y el Guardián se dividían la administración de un monasterio Zen. Cierto día, el Guardián murió y fue preciso sustituirlo.
El Gran Maestro reunió a todos los discípulos para escoger quién tendría la honra de trabajar directamente a su lado.
Voy a presentarles un problema -dijo el Gran Maestro- y aquél que lo resuelva primero, será el nuevo guardián del Templo.
Terminado su breve discurso, colocó un banquito en el centro de la sala. Encima, estaba un florero de porcelana, seguramente carísimo, con una rosa roja que lo decoraba.
Este es el problema -dice el Gran Maestro. -Resuélvanlo.
Los discípulos contemplaron perplejos el “problema”, por lo que veían los diseños sofisticados y raros de la porcelana, la frescura y la elegancia de la flor. ¿Qué representaba aquello? ¿Qué hacer? ¿Cuál sería el enigma?
Pasó el tiempo sin que nadie atinase a hacer nada salvo contemplar el problema, hasta que uno de los discípulos se levantó, miró al maestro y a los alumnos, caminó resueltamente hasta el florero y lo tiró al suelo, destruyéndolo.- ¡¡Al fin alguien lo hizo !!! – exclamó el Gran Maestro-. Empezaba a dudar de la formación que les hemos dado en todos estos años. Usted es el nuevo guardián.
Fuente: R. Yamamoto

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